No cabe duda de que cada año las
alfombras de las distintas parroquias villeras nos sorprenden con alguna
alfombra que destaca en especial sobre otras. Creo que es algo bonito, pues las
alfombras parroquiales son actos de nuestras Fiestas que no están con ese rigor
encorsetado y con el protocolo lógico de las que se confeccionan el Jueves de
la Infraoctava de Corpus. No por ello son menos dignas de ser admiradas en
honor al Santísimo.
Aparte de que estos son momentos
de mucha implicación entre feligreses y habitantes de las zonas y barrios aledaños
a las parroquias. No sólo se hace vida eclesial y vecinal. También se hace
pueblo. Y lo que es sumamente importante, la amplia presencia de niños y niñas,
aún ni en edad de catequesis, y de adolescentes que van forjando y añadiendo
eslabones a la cadena de la tradición.
Ayer estuve en los
alrededores de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán viendo la elaboración de
las Alfombras de los grupos y realidades vivas que forman esta parroquia y
vecindad. Y me quedé gratamente sorprendido de la Alfombra que realizó Antonio
Báez y familia. Siempre con tanto mimo y amor en lo que hacen. La alfombra de
este año ha sido fabulosa. De una sencillez donde se cumple la premisa de que
menos es más.
Una confección con motivos
peregrinos y xacobeos. Pues La Orotava también mira a Santiago de Compostela como
faro y reserva espiritual del catolicismo en Canarias. También es un
reconocimiento y recordatorio a tantos viller@s y canari@s que cada año van en
peregrinaje. Ahí la alfombra en su sencillez ha sido muy visual. El bordón, la
concha y el camino marcado a seguir para llegar hasta el Apóstol y redimir los
pecados.
En la foto que acompaña este
escrito aún no estaba concluida, pero el haberla visto personalmente aumenta su
belleza.
Antonio sabe trasmitir la
tradición a sus descendientes. Porque esto más que una alfombra es un nexo de
unión intergeneracional. Manos que se mueven y dan forma a este arte efímero a
través del aliento de los mayores. Aparte de que son una familia que siempre se
han movido alrededor de ésta parroquia.
Como anécdota relato que había
dado varias vueltas al trayecto alfombrado, pero no me quería marchar sin
hacerle una foto a Antonio y familia con su alfombra. La casualidad que Antonio
no estaba en ese momento y tuve que esperar unos minutos. Minutos que yo no
pude igualmente dejar de evocar a Chicha en mis recuerdos. Otro de los días
señalados que estoy seguro de que ella baja a visitar a su querida parroquia de
Santo Domingo de Guzmán. Tengo la certeza que también ella sigue alentando a
sus descendientes a preservar la tradición.
Que importancia tiene para los
pueblos y su cosmogénesis personas así.
Por su puesto no quiero
desmerecer el trabajo de otros alfombristas. Simplemente me llevo por mis
percepciones, tal vez equivocadas, no lo sé, pues yo siempre escribo desde el
corazón.
Lo que es innegable es el
profundo amor que Antonio le pone a todo este tema. Sus desvelos y labor constante
para que todo salga a la perfección. La responsabilidad de hacer una alfombra
con la consiguiente preparación y esos nervios previos que irremediablemente
siempre aparecen. Pero cuando las cosas se hacen con amor y responsabilidad, se
obtienen obras efímeras en el tiempo, pero inmortales en el recuerdo.
Esto no son palabras vanas de
sentido. Hoy no les podemos dar el valor que merecen al simple hecho de hacer
una alfombra a partir de ciertos materiales. Posiblemente ni siquiera los
nietos de Antonio aún sean conscientes del todo de lo que están sustentando.
Para eso tiene que pasar el tiempo y la madurez necesaria que esto no es sólo
un capricho de los mayores. Esto es gubia que forja pueblo. Que mantienen viva
la memoria y más en estos tiempos tan inciertos. Pasado, presente y futuro
caminando siempre de la mano. Aunque haya personas que estén en otro plano
trascendido, pero que queda la sapiencia de su buen hacer.
Por eso quise esperar y hacer la
foto. Poner el foco en una familia tan concreta y querida por todos como son
los Baéz González. Porque ellos, como tantas otras familias, encarnan unas
raíces que deben ser indestructibles y llenas de vitalidad para que esto no se
pierda en ningún momento del futuro. Han sabido tallar la madera de las nuevas
generaciones de la manera más sabia que se puede pedir.
Y eso para mí, que no he vivido
tales influencias culturales y antropológicas en este sentido, porque no todas
las familias villeras abarcamos estas singularidades orotavenses, me parece
motivo de orgullo y reconocimiento.
Igual que me siento orgulloso
como villero, he inserto aquí otra anécdota sucedida ayer, de una madre
que nos dice a varias personas, que su hija renunció sin titubeos al viaje de
fin de curso porque una villera debe de estar en su pueblo en la semana de las
Fiestas.
Cosas como estas son las que a mi
me motivan a seguir registrando y escribiendo hechos así. No son mis hijos ni
mis nietos. Sino habitantes de esta patria villera que mantienen viva la llama de
toda una cosmogonía llamada Orotava.
Decía este año el amigo Javier
Lima Estévez en el Pregón de las Fiestas de que «…hay pueblos que no caben
únicamente en las palabras y La Orotava es uno de ellos…». Y Javier lleva
razón. Pero yo apelo que donde no llegan las palabras llegan villeros como
Antonio y familia. Los que hacen de las palabras hechos y de los hechos Patria
villera.
Felicidades a Antonio Báez y
familia por ser garantes de la tradición. Y muchísimas gracias por facilitarme
el poder realizar la foto.
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Primera edición del texto e imágenes: Junio de 2026.







